sábado 6 de junio de 2009

Sócrates, Buda y Jesús en vísperas electorales

Banksy, Abraham Lincoln, exterior, New Orleans

Frédéric Lenoir acaba de publicar Socrates, Jésus, Bouddha. Trois maïtres de vie [... Tres maestros de vida] y, curiosamente, eso ha merecido la portada de Le Nouvel Observateur, un semanario emblemático del centro izquierda francés que, hasta ahora, sólo parecía interesado en las formas laicas de trascendencia, especialmente las de matriz política. No he leido ese libro ni dudo que sea notable, pero resulta llamativa su presentación a toda portada durante estos días, porque parece reflejar el desconcierto en el que está sumido el pensamiento progresista. En medio de una crisis económica sin precedentes, a pocos días de las elecciones europeas, con el gobierno inglés enriqueciendo el catálogo de los muertos vivientes, y Berlusconi pidiendo a sus votantes patente de astracanada, justo cuando Barak Obama intenta relanzar las relaciones con el mundo islámico -por poner sólo algunos ejemplos- resulta que el Nouvel Obs decide dedicar un dosier a Sócrates, Jesús y Buda, y destacarlo en su primera página. Y lo más desconcertante de esa discordancia es que podría constituir una de las pocas aportaciones del socialismo francés a las elecciones al parlamento europeo.


martes 10 de julio de 2007

La búsqueda inevitable de la sabiduría

Mujeres que corren con lobos

Foto: Tom and Pat Leeson, 1992


Do not lose heart. We were made for these times.
Clarissa Pinkola

Hacia 1992 se publicó la primera edición en inglés de Mujeres que corren con lobos de Clarissa Pinkola Estés (Women Who Run With the Wolves: Myths and Stories of the Wild Woman Archetype) y, por una vez, la edición en castellano no se hizo esperar demasiado: seis años después, en 1998, se publicó la traducción de M. Antonia Menini (Ediciones B, S.A. del grupo Zeta) y el año 2005 se publicó la primera edición de bolsillo, que lleva tres reimpresiones. No es poco.

Mujeres que corren con lobos se propone identificar las claves para el desarrollo personal de las mujeres a través de una selección de cuentos y leyendas populares. Y aunque una parte de la investigación se orienta a identificar los arquetipos femeninos, el texto se aparta de las mitologías de origen mediterráneo (es decir, de los arquetipos afrodíticos, demétricos, amazónicos...) aunque multitud de equivalencias resultarían posibles. Clarissa Pinkola no parece interesada en destacar la similitud de los mitemas sino la diferencia de los trasfondos, sobre todo su distinta profundidad. Afirma que sólo podremos vivificar nuestra vida y nuestra cultura recuperando los trasfondos étnicos, noción que no suele gustar en Europa, pero que aquí se refiere a los pueblos indígenas y parece significar la pervivencia de arquetipos "primigenios".

En todo caso, la difusión de este estudio ya ha tenido algunos efectos más allá de la cifra de ventas. En Barcelona se ha incorporado a talleres vivenciales o grupos de lectura, por ejemplo, los impulsados por la Llibreria Pròleg y Muriel Chazalón; que han desembocado incluso en la redacción de un Blog de les llobes (blog de las lobas), y me informan de experiencias comparables en otros lugares. Por contra, me atrevería a añadir que el texto no ha sido demasiado bien recibido en los círculos académicos, aunque una de las ventajas del barullo de teorías y paradigmas sobre el que se desarrolla la psicología actual es la inexistencia de autoridades indiscutidas. Hay mandarines, pero suelen tener una autoridad limitada fuera de sus feudos. En este caso, se ha señalado que el arquetipo de la mujer salvaje que propone Clarissa Pinkola no pasa de ser una licencia poética, y se ha insinuado maliciosamente que el conjunto de su obra debería formar parte de los estudios literarios. Pero esa catalogación, aunque tuviese fundamento, no invalidaria la utilidad de sus propuestas, y menos cuando se trata de catalizar reacciones emocionales en contextos psicoterapéuticos.

Sin embargo, debe reconocerse que el texto de Clarissa Pinkola está orientado a la acción de forma casi militante, con la utilidad y la simplificación que eso conlleva. Alguno de los conceptos centrales se presentan de forma impresionista: "Cualquiera que sea la cultura que haya influido en una mujer, ésta comprende intuitivamente las palabras 'mujer' y 'salvaje' [...] Puede que hayamos olvidado los nombres de la Mujer Salvaje, puede que ya no contestemos cuando ella nos llama por los nuestros, pero en lo más hondo de nuestro ser la conocemos, ansiamos acercarnos a ella; sabemos que nos pertenece y que nosotras le pertenecemos". Y esta intuición inspira las estrategias defensivas que propone contra la depredación, especialmente entre las mujeres jóvenes que deben superar la ingenuidad y la inocencia o entre las que han sido lesionadas por culpa de "introyecciones que las exhortan a ser amables, a comportarse bien y, especialmente, a mostrarse ciegas ante los abusos de que están siendo objeto".

Por lo demás, Mujeres que corren con lobos apenas conceptualiza las diversas estrategias que pueden adoptar las capacidades combativas de las mujeres, cuya "versatailidad y eficacia" no son en absoluto desdeñables, como diría Adolf Tobeña, ni son desconocidas por los cuentos y leyendas que fundamentan el trabajo de Clarissa Pinkola. Diagmos que el tratamiento específico de la vulnerabilidad, de las capacidades combativas y las problemáticas se vehicula en esta obra a través del comentario de los cuentos y de las leyendas, mientras se insinua, con un lenguaje casi chamánico, que la integración de los diversos aspectos de la feminidad no estaría inspirada por la figura de la madre sino por la mujer salvaje: la gran diosa sería una loba.

Una loba que atraviesa las grandes aguas, que cruza la frontera, y visita las tierras fronterizas de la marca que lindan con nuestro propio espíritu. Aguas que no controla la armada, marcas que no defienden los marqueses. Zonas del alma visitadas por los psiconautas del siglo XXI, que recuerdan a los navegantes del Renacimiento: gente inquieta y noches de aguardiente en las tabernas del puerto, mercaderes y corsarios, ballaneros y soldados, herejes y presidiarios, sabios y embaucadores, gente dispar que, sin embargo, tenía alguna cosa en común. Por ejemplo, todos se fiaban más del relato de un viajero, que de la caratografia ptolomeica. Aunque también se constaten diferencias entre aquel renacimiento y el actual: hoy todos aspiran a ir más allá de Grecia o de Roma y, sobretodo, en las partidas del siglo XXI hay bastantes más mujeres; és más: algunas de las mejores partidas siguen a una adelantada.

Continuará

El espíritu existe

Foto: Jock Sturges; http://www.masters-of-fine-art-photography.com/

Otro sí sobre el problema del mal

Obviamente, los tiempos no estan para filosofías, pero el materialismo ha propuesto los últimos años las soluciónes más elegantes al problema del mal. Así, para los positivistas sólo podríamos pronunciarnos sobre proposiciones contrastables (por ejemplo, "la tierra es esférica") y esas proposiciones constituirían el discurso científico; pronunciarse sobre cualquier otro asunto nos situaría fuera de la ciencia, en la miasma de la subjetividad. Matizando las cosas, Karl Popper propuso un criterio de demarcación menos derrogatorio pero igualmente estricto, admitiendo como científicas solo las proposiciones para las que sea pensable un experimento o una observación que las contradiga. En el resto de los casos se nos autorizaba cándidamente a seguir debatiendo siempre y cuando no intentásemos hacer pasar gato por ciencia.

Y los asuntos de dificil o imposible refutación (falsación decía Popper), como las proposiciones sobre el mal, quedarían entre los asuntos que deben tratarse desde disciplinas menos exigentes, como la economía, el periodismo, la justicia, la política o la psicología a las que se ha concedido la dignidad inflacionaria de ciencias; eso sí, humanas. Y se les ha asignado la tarea portentosa de delimitar la norma, la infracción y el reproche, o sea las ramificaciones del árbol de la vida del bien y del mal, sin una mísera manzana que llevarse a la boca y todas las serpientes dignas de crédito huidas o enfermas en los terrarios de algún parque zoológico.

Así, gracias a postivistas y racionalistas críticos hemos llegado a entender que nuestra muerte es sobretodo irrelevante: tal vez resulte dolorosa para alguna parte interesada, pero será un festín para otras formas de vida y no tendrá ninguna significación para las partículas elementales que forman nuestro cuerpo, que seguirán combinándose en otras constelaciones igualmente fascinantes e igualmente carentes de propósito. En el mismo sentido, la reprobación de cualquier hecho será un asunto convencional o reflejará una relación de poder; “si me conviene, es bueno”. Por poner cualquier ejemplo: lapidar a una mujer adúltera había sido un acto de justicia y es ahora un acto criminal. La denegación de auxilio en caso de accidente o de naufragio puede ser delictiva, en todo caso resulta infame, mientras transacciones de capitales multimillonarias insensibles a hambrunas y pandemias serán consideradas una asignación de recursos lícita, incluso meritoria.

lunes 9 de julio de 2007

Imágenes de la sombra


Máscara del Diablo
Bali, Indonesia, principios del siglo XX
Fuente: http://www.indigoarts.com/

La factoria del mal

La existencia del mal ha sido negada por nuestra cultura con una tenacidad sorprendente. De entrada, las jerarquías religiosas no han aceptado que el dios, "...creador del cielo y de la tierra...", haya creado también el mal, aunque sus escrituras sagradas rememoran sin tapujos la crueldad y los arrebatos genocidas de la divinidad. Sólo un holocausto nuclear podría compararse al diluvio, aunque en un holocausto nuclear se salvarían más personas y más animales que en aquella fábula. No parece pues difícil ser más compasivo que el dios de la Biblia y, sin embargo, los altos funcionarios de la iglesia siguen afirmando que el mal es un efecto de nuestra decisión de apartarnos de sus mandamientos. No existiría el mal, sino la falta de bien generada por nosotros mismos.

Y en esos mitos aparece ya el principio que inspira cualquier ideología de la criminalización: las víctimas son culpables de su desgracia porque no se han comportado correctamente. La divinidad, decepcionada, no ha tenido más remedio que tomar medidas directamente, o a través de algún propio. Y a los supervivientes se les ordenará siniestramente que se amen los unos a los otros como Él nos ha amado. Se nos conmina, pues, a imitar los sentimientos del dios genocida o, en el mejor de los casos, a amar al prójimo como a nosotrso mismos: obligación apenas menos alarmante porque nadie digno de confianza puede amarse a si mismo.

Sin embargo, aquellos relatos arcaicos tenían la virtud de recordarnos nuestra capacidad para el mal, aunque incurriesen en la enormidad de responsabilizarnos moralmente de su origen. Contra esos excesos, a partir de la Ilustración se levantó una entelequia igualmente inverosímil pero más ingenua: los humanos seríamos naturalmente buenos, aunque corrompidos por la ignorancia y la injustícia. Aquí, la voz más prestigiosa fue seguramente la de Kant y la más estridente la de Rousseau, que ya es casi un romántico. Kant aun creía en las virtudes liberadoras de la razón. Rosseau, definitivamente plebeyo y tributario de una vida más azarosa, desconfiaba de la eficacia de los argumentos doctos y proponía la acción política, igualitaria y democrática. Consideraba que eran las normas y las costumbres impuestas por la sociedad las que corrompen nuestros valores. El mal estaría causado por las injusticias sociales y nuestra responsabilidad sería limitada, empezando por la suya que dejó a sus seis hijos en una inclusa. Todos somos inocentes, todos somos víctimas.

No sé si la psicología ha estudiado suficientemente la función de estas narraciones que mantienen la promesa de un futuro mejor mientras culpan a algún elemento externo de los problemas existentes. Ese tendencia parece acompañarnos desde siempre, pero durante el siglo XVIII se expresó masivamente contra las fuerzas dominantes de la sociedad y no contra algún grupo vulnerable y desprevenido de herboristas o gitanos. Es decir, el mecanismo tenía la edad de los tiempos, pero alcanzó dimensiones prometeicas en las grandes revoluciones de la modernidad, mostrando de forma impúdica su grandeza y su miseria, su poder telúrico y su incapacidad de gestionar los asuntos cotidianos, su capacidad de derrocar reyes y zares, entre discursos regeneracionistas que apenas peuden maquillar el desbrodamiento de las pulsiones regresivas. Y aunque la creatividad durante esos períodos sea notabla, su integración suele producirse en contextos ya reestructurados. Por poner un ejemplo reciente, la revuelta de los años sesenta acabó en una vistoria política conservadora, con la victoria electoral de Nixon en los Estados Unidos y de de Gaulle de Francia, mientras la recuperación de los valores que surgieron entonces ha durado prácticamente hasta hoy.

En todo caso hay mucha autoindulgencia en los discursos que afirman haber encontardo al enemigo, pero siempre fuera de casa, y eso vale para la burra negra y para la burra blanca. En Rousseau el salvaje es bueno y el mal estaría en la sociedad. En el marxismo el movimiento obrero debe liberarnos y el mal surgiría entre los que no se dejan liberar; no hará falta añadir que para cualquier nacionalismo el enemigo habla con acento extraño. El cine nos ha acostumbrado a malos con acento alemán, luego chino, ahora árabe. En estos juegos de sol y sombra la postura más eficaz parece ser la liberal, porque es la mejor adaptada a su propia sombra: se acomoda a todos los intervencionismos que hacen posible el mercado -incluido el intervencionismo del Partido Comunista Chino- reservándose el derecho de reforma cuando un nuevo avance liberal permite incrementar las cuentas de resultados.

Después de los vendavales del siglo XX parecía imposible no sospechar de la existencia de un enemigo dentro de nosotros mismos; pero las resistencias del narcisismo se han mantenido firmes, y seguimos ignorando una y otra vez nuestra propia sombra. Los campos de exterminio siguen siendo cosa de nazis, los gulags cosa de comunistas, el embrollo de Irak cosa de los americanos y, obviamente, las guerras africanas cosa de gente primitiva, bandas aparentemente poco organizadas que, a veces, han logrado a machetazos un rendimiento que hubiera sido la envidia de los mejores funcionarios del extermino. Cualquier día de estos, una escuela de negocios estudiará la productividad de esos miserables actuando en "entornos institucionales felxibles y motivados". En todo caso nos sentimos a salvo de cualquier contagio porque, cuando nos centramos en las cosas que suceden aquí y ahora, comprobamos aliviados que nosotros, los vascos, no hemos permitido la majadería apellidista ni la indecencia etnicista, nunca hemos corrompido la historia para inflar nuestra vanidad, no hemos incubado asesinos en nuestras familias, nunca hemos justificado el asesinato de una mujer embarazada o el estallido de una bomba en un supermercado... Y posiblemente, uno de los riesgos de la degradación política y moral perceptible en el Pais Vasco es que demasiada gente cree que esas son cosas de vascos.

Cigarrillo de caramelo

Foto: Sally Mann, 1989

domingo 8 de julio de 2007

Coincidencias significativas

Hacia julio de 2003 encontré una goma de mascar pegada al bolsillo de mi pantalón. Aunque mi capacidad de especulación sea casi inagotable, no conseguí explicar razonablemente aquel hecho. Yo no había sido y me resultaba impensable que mi primera mujer -entonces aun compartíamos piso- hubiese escogido aquel lugar para pegar un chiclé masticado. Finalment, mi hija, que sí mascaba chiclets obsesivamente y sí los dejaba pegados en cualquier sitio, esos días estava en la Unidad de Cuidados Intensivos de un Hospital, en coma, rota, debatiéndose entre la vida y la muerte, entre la catástrofe cerebral y esa alfombra de vidrios rotos que llaman secuelas.

La goma de mascar pegada a mi pantalón me estremeció, como un mensaje indescifrable que ella me hubiese enviado desde otro mundo. Intenté racionalizar o banalizar aquella quiebra de la lógica, me dije que tal vez algún chaval, en el metro, me la podría haber enganchado. Pensé que mi propia hija la habría dejado allí antes del accidente ¿pero cómo, cuando? Todos los intentos de explicación resultavan inversosímiles o no se ajustaban a los hechos. Por ejemplo la goma no estaba seca... la mastiqué intentando descubrir algún hecho adicional y me pareció idéntica a una de las marcas que ella consumía. Durante algún tiempo guardé aquella goma de mascar, de forma casi reverencial, en un pequeño recipiente de cerámica. Finalmente pensé que estaba perdiendo la razón y la tiré. Pero cuando rezaba para que mi hija decidiese con acierto si marchar o volver del coma, si atravesar o no las puertas de la muerta que ella vio osuras y su abuela luminosas, empecé a llamarla Chicletillo; ese es aun su nombre secreto. Ella decidió volver y yo empecé a escribir catastróficamente sobre el posible aspecto luminoso de las catástrofes.