La existencia del mal ha sido negada por nuestra cultura con una tenacidad sorprendente. De entrada, las jerarquías religiosas no han aceptado que el dios, "...creador del cielo y de la tierra...", haya creado también el mal, aunque sus escrituras sagradas rememoran sin tapujos la crueldad y los arrebatos genocidas de la divinidad. Sólo un holocausto nuclear podría compararse al diluvio, aunque en un holocausto nuclear se salvarían más personas y más animales que en aquella fábula. No parece pues difícil ser más compasivo que el dios de la Biblia y, sin embargo, los altos funcionarios de la iglesia siguen afirmando que el mal es un efecto de nuestra decisión de apartarnos de sus mandamientos. No existiría el mal, sino la falta de bien generada por nosotros mismos.
Y en esos mitos aparece ya el principio que inspira cualquier ideología de la criminalización: las víctimas son culpables de su desgracia porque no se han comportado correctamente. La divinidad, decepcionada, no ha tenido más remedio que tomar medidas directamente, o a través de algún propio. Y a los supervivientes se les ordenará siniestramente que se amen los unos a los otros como Él nos ha amado. Se nos conmina, pues, a imitar los sentimientos del dios genocida o, en el mejor de los casos, a amar al prójimo como a nosotrso mismos: obligación apenas menos alarmante porque nadie digno de confianza puede amarse a si mismo.
Sin embargo, aquellos relatos arcaicos tenían la virtud de recordarnos nuestra capacidad para el mal, aunque incurriesen en la enormidad de responsabilizarnos moralmente de su origen. Contra esos excesos, a partir de la Ilustración se levantó una entelequia igualmente inverosímil pero más ingenua: los humanos seríamos naturalmente buenos, aunque corrompidos por la ignorancia y la injustícia. Aquí, la voz más prestigiosa fue seguramente la de Kant y la más estridente la de Rousseau, que ya es casi un romántico. Kant aun creía en las virtudes liberadoras de la razón. Rosseau, definitivamente plebeyo y tributario de una vida más azarosa, desconfiaba de la eficacia de los argumentos doctos y proponía la acción política, igualitaria y democrática. Consideraba que eran las normas y las costumbres impuestas por la sociedad las que corrompen nuestros valores. El mal estaría causado por las injusticias sociales y nuestra responsabilidad sería limitada, empezando por la suya que dejó a sus seis hijos en una inclusa. Todos somos inocentes, todos somos víctimas.
No sé si la psicología ha estudiado suficientemente la función de estas narraciones que mantienen la promesa de un futuro mejor mientras culpan a algún elemento externo de los problemas existentes. Ese tendencia parece acompañarnos desde siempre, pero durante el siglo XVIII se expresó masivamente contra las fuerzas dominantes de la sociedad y no contra algún grupo vulnerable y desprevenido de herboristas o gitanos. Es decir, el mecanismo tenía la edad de los tiempos, pero alcanzó dimensiones prometeicas en las grandes revoluciones de la modernidad, mostrando de forma impúdica su grandeza y su miseria, su poder telúrico y su incapacidad de gestionar los asuntos cotidianos, su capacidad de derrocar reyes y zares, entre discursos regeneracionistas que apenas peuden maquillar el desbrodamiento de las pulsiones regresivas. Y aunque la creatividad durante esos períodos sea notabla, su integración suele producirse en contextos ya reestructurados. Por poner un ejemplo reciente, la revuelta de los años sesenta acabó en una vistoria política conservadora, con la victoria electoral de Nixon en los Estados Unidos y de de Gaulle de Francia, mientras la recuperación de los valores que surgieron entonces ha durado prácticamente hasta hoy.
En todo caso hay mucha autoindulgencia en los discursos que afirman haber encontardo al enemigo, pero siempre fuera de casa, y eso vale para la burra negra y para la burra blanca. En Rousseau el salvaje es bueno y el mal estaría en la sociedad. En el marxismo el movimiento obrero debe liberarnos y el mal surgiría entre los que no se dejan liberar; no hará falta añadir que para cualquier nacionalismo el enemigo habla con acento extraño. El cine nos ha acostumbrado a malos con acento alemán, luego chino, ahora árabe. En estos juegos de sol y sombra la postura más eficaz parece ser la liberal, porque es la mejor adaptada a su propia sombra: se acomoda a todos los intervencionismos que hacen posible el mercado -incluido el intervencionismo del Partido Comunista Chino- reservándose el derecho de reforma cuando un nuevo avance liberal permite incrementar las cuentas de resultados.
Después de los vendavales del siglo XX parecía imposible no sospechar de la existencia de un enemigo dentro de nosotros mismos; pero las resistencias del narcisismo se han mantenido firmes, y seguimos ignorando una y otra vez nuestra propia sombra. Los campos de exterminio siguen siendo cosa de nazis, los gulags cosa de comunistas, el embrollo de Irak cosa de los americanos y, obviamente, las guerras africanas cosa de gente primitiva, bandas aparentemente poco organizadas que, a veces, han logrado a machetazos un rendimiento que hubiera sido la envidia de los mejores funcionarios del extermino. Cualquier día de estos, una escuela de negocios estudiará la productividad de esos miserables actuando en "entornos institucionales felxibles y motivados". En todo caso nos sentimos a salvo de cualquier contagio porque, cuando nos centramos en las cosas que suceden aquí y ahora, comprobamos aliviados que nosotros, los vascos, no hemos permitido la majadería apellidista ni la indecencia etnicista, nunca hemos corrompido la historia para inflar nuestra vanidad, no hemos incubado asesinos en nuestras familias, nunca hemos justificado el asesinato de una mujer embarazada o el estallido de una bomba en un supermercado... Y posiblemente, uno de los riesgos de la degradación política y moral perceptible en el Pais Vasco es que demasiada gente cree que esas son cosas de vascos.